PEREGRINO DE LA PLUMA ARDIENTE

 

Pawe se levantó antes del amanecer.
Se lavó con agua helada, de la nieve derretida que había traído ayer por la noche del pico que se elevaba sobre la meseta. Vistió la vieja camisa teñida de rojo oscuro, de lana gruesa bordada con alambre cobrizo, inscrita con ideogramas mágicos copiados de las inaccesibles cuevas del sur, más allá de la cordillera.
Calzó las botas de piel de oso y encima se echó la capa ceremonial que determinaba su rango de chaman. En las excoriaciones rituales untó la misma tierra fina que su padre  se había puesto tantos años atrás, en un día en que emprendía el mismo ritual que él iniciaría.
Finalmente tomó de la pared su báculo, rematado por un aro dentro del cual había un pedazo de rubí burdamente cortado, acompañado por un par de plumas desgastadas.

Caminó colina abajo, pasó de largo las cavernas donde dormían aun los guerreros nómadas y sus esposas e hijos, atravesó la explanada donde ardía el fuego que delimitaba el territorio de ese clan, y se encaminó hacia el valle. Desde donde estaba, la luz de la aurora ya permitía visualizar la formación circular de monolitos, que existía desde hacía tanto tiempo, que ya nadie recordaba quién había puesto el primero.

Apuró el paso.
Sus piernas, antes capaces de perseguir al berrendo y a la cabra dando saltos por los riscos, de correr bajo la sombra del águila y caminar por semanas a la caza del búfalo gris; ahora se quejaban a la altura de las rodillas y tobillos, malhumoradas por haberse levantado tan temprano.
El viento frío que bajó de la montaña lo saludó, y de inmediato sintió una punzada en el pecho, como si el hábitat de su corazón, antes un hogar de llamas altas y brillantes, ahora fuera solo un círculo de cenizas y piedras tan frías como las que se alzaban delante de él.
Se detuvo junto al menhir más alto, no por respeto o algún aspecto de la ceremonia, tampoco porque dudara de lo que iba a hacer.
Simplemente porque estaba cansado.

Tomó una bocanada de aquel aire que en su juventud hubiera sido vivificante, capaz de reanimar su espíritu en medio del combate físico o espiritual, y de inmediato sintió otra queja en sus pulmones, pero esta vez apretó los dientes y la ignoró.

Entró al círculo de piedras, la principal, hacia el norte; se elevaba mas de dos veces su estatura, las otras alrededor eran solo un poco más altas. En el suelo había varios cantos rodados y guijarros de diferentes tamaños acomodados formando los radios del círculo, y en el centro, la circunferencia de tiza blanca sobre la cual se paró, mirando hacia donde estaba por salir el sol. Cuando el Padre del Fuego emergió en el horizonte del este, mostrando su cara roja y perfectamente redonda, ocupó poco a poco el espacio entre dos menhires. Pawe supo entonces con certeza absoluta que ese día era el señalado.

Ahora debía de esperar un poco más, situado de cara al sol, a que el ritual de su cumpleaños número sesenta se completara.

Por ese mismo lado, llegó su amigo de la infancia, el Jefe de los Cazadores. Al igual que él, habían recorrido los territorios del clan desde hacía años, peleando contra otros hombres nómadas, incluso contra invasores con los que era imposible negociar, como los trasgos o las sierpes que algunas veces ya estaban en sus cuevas desde hacía semanas. Su amigo, al igual que él, ya no tenía el cabello negro, y en sus sienes encanecidas y anchas frentes, se leían las cicatrices de cada batalla ganada y cada muerto enterrado.
Otro era necesario para el rito: El aprendiz que durante los últimos tres años él mismo había entrenado. Se trataba del hijo de un herrero, un hombre joven, alto y de manos gruesas. Al principio tuvo serias dudas, ¿un muchacho tosco, con escasa sensibilidad para martillear el metal y picar piedra, sería capaz de arrancar el tallo de una planta medicinal sin extraer la preciosa raíz, que debe dejarse en la tierra para que vuelva a brotar?, ¿Capaz de sentir la sutil energía que carga el aire en el momento propicio para invocar al avatar del Dios Cielo, en Relámpago?.

Y sin embargo, había aprendido rápido, porque si él lo había entrenado al principio con dudas y después con satisfacción, era porque se le había revelado en sueños que así sería, que sólo este hombrón hijo de un herrero, de mirada perdida bajo los mechones de cabello, podría escuchar a los dioses del volcán, al espíritu del fuego y a la Madre Tierra.

— Hoy he decidido marcharme y buscar la pluma ardiente. —Recitó Pawe, y sus palabras hicieron el mismo eco que hicieran las de su padre cuarenta años antes.

— No puedo permitirlo, Chaman, porque ¿quién verá por la salud del clan mientras tú no estés? —Continuó la fórmula el Jefe de los Cazadores.

— Atwan, que es como hijo de mis entrañas, lo hará. —Respondió.

— Maestro, tu alumno reconoce que aún necesita de tu guía. —Dijo con voz grave Atwan, el hijo del herrero, mientras agachaba su gran cabeza.

— Yo, tu Maestro, te pido que cuides a tu pueblo mientras estoy de viaje, y deberás hacerlo hasta que regrese. Tanto confío en ti, que esa encomienda te dejo, porque has aprendido bien y eres digno de suplirme en mi ausencia. —Completó el chaman.

— Esperamos regreses pronto de este viaje. —Dijeron al unísono el viejo cazador y el nuevo Chaman, a Pawe.

El sol ya alargaba las sombras de los menhires y las rocas sobre los hombres, cuando Pawe recibió un cuero lleno de agua y una lanza, el primero de su alumno y la segunda de su amigo respectivamente. Les dio la espalda para empezar su camino hacia las inhóspitas montañas, a donde el clan no iba jamás porque no hay mas que piedras y animales ponzoñosos.

Su misión era encontrar al Fénix, cazarlo y volver al pueblo con una pluma ardiente para demostrar su hazaña.
Todos los Chamanes emprendían ese viaje al llegar a los sesenta años, un día marcado con un guijarro dentro del calendario místico, en el punto exacto que el sol salió el día que nació.
Hoy era el día señalado.

Nadie volvía nunca de la peregrinación, un chaman viejo se volvía impreciso en el mejor de los casos, demente en el peor de ellos. Era igualmente peligroso que una enfermedad fuera mal diagnosticada, a que una lluvia de piedras cayera sobre el clan en un acceso de locura.

Durante la mañana caminó a paso firme, recuperando poco a poco la fuerza perdida con la edad. Se dirigió a la montaña más alejada de la ruta migratoria del clan. Pronto las piedras sueltas y los  matorrales espinosos empezaron a ser lo único en el paisaje. Aquí ya no había pinturas rupestres, petroglifos o monolitos que le indicaran estar entrando a algún territorio vecino, estaba en donde ningún ser humano debe de estar.

¿Qué habría sido de su padre, el chaman anterior?, Seguramente estaba muerto hacía mucho, un hombre viejo y cansado como él, podía haberse roto el cuello en un desfiladero, o haber sido atacado por un león de montaña, incluso haber muerto de sed.
Ese era el destino que le esperaba, adentrarse en aquellas tierras inhóspitas, pero de gran poder, debía ir a buscar al Fénix y quitarle una pluma, aunque claro, si acaso esto era posible; el pájaro de fuego no se lo permitiría.

Pero nadie había visto jamás al Fénix, tal vez ni siquiera existía. El ritual era ir a buscar un imposible y no volver sin él, en un paraje en el que había cientos de formas de morir.

Pawe gruñó molesto.
Morir era una realidad innegable para todo ser viviente: el cazador sabe que puede perecer en las fauces o cuernos de la bestia, la mujer sabe que puede morir en el parto, y se preparan a ello. Incluso, lo había visto en los ojos de ambos, podían sentir la muerte a instantes antes de que les sucediera.
Pero aquí, en medio de la nada, la espera se volvía intolerable.
¿Sería un puma?, ¿un derrumbe?, ¿la picadura de un escorpión o la mordida de una serpiente?, ¿la sed o la insolación?, ¿Sería algo tan poco común como una esfinge o una mantícora?. Imposible saber.

O tal vez estaba dejándose llevar por la duda y el miedo, tal vez realmente el Fénix moraba en aquellos picos, y los Chamanes que habían ido en su búsqueda, si bien nunca habían regresado, habrían vivido como ermitaños cerca del nido del ave, esperando el momento propicio  para arrancarle la codiciada pluma, o tal vez esperar a que esta cayera, si es que lo hacía.

La emoción de la cacería, de seguir una presa durante días bajo el ardiente sol, o en la helada noche desértica, lo abrumó: antes de que su padre lo llamara Chaman, Pawe había hecho la prueba para convertirse en cazador experto, y se recordó a sus quince años, caminando bajo el cielo como ahora lo hacía, buscando en cada roca y cada cardo las huellas del carnero que a su vez busca agua. Era un muchacho demasiado seguro de sí mismo, solo el tiempo le había enseñado cuantas veces es mejor no medirse con la Madre Tierra. Entonces caminaba bajo el sol más de lo debido, y bebía también menos de lo debido, pero no le importaba porque el ansia de arrojar la lanza lo movía.
Finalmente después de cinco días, encontró al animal hurgando entre las piedras con la pezuña, buscando raíces para comer. Rodeo en silencio los peñascos, buscando el mejor lugar para lanzar, el animal se irguió un momento para escuchar el viento, y el joven Pawe se detuvo, ni siquiera respiró.
Nuevamente agacho la cabeza el carnero, para seguir su labor, moviendo los ojos en todas direcciones, esperando detectar algún movimiento.
Un silbido cruzó el espacio y antes de que el carnero terminara de levantar los cuernos de su frente, la lanza ya estaba profundamente hendida en la base de su cuello. Sin sufrir mucho, el animal se desplomó.

Con un grito de salvaje júbilo, Pawe dio un salto y sacó su cuchillo de hueso, listo para hacer el corte preciso y sacar el fuerte corazón del carnero, que ofrecería en una pira al Dios de la Cacería y permitiría al alma de la presa regresar a la Madre Tierra.
Después del holocausto, procedió a separar la piel color miel, cuidando de no romperla. Separó los músculos para salarlos y las entrañas para asarlas. Al final del resto del día y parte de la noche, las partes del animal ya estaban listas para ser llevadas a su clan, donde se le ungiría como Cazador. Podría emprender los viajes con el resto de sus hermanos de cofradía, para proveer a su gente de alimento y abrigo.

El viejo Pawe sonrió e imaginó lo que hubiera sido tener un hijo, como lo tuvo su padre, y verlo llegar cargando un morral lleno de carne, cubierto con la hermosa piel y portando el cráneo del carnero a modo de pectoral.
Se habló de él toda la semana.

Vio un cardo roto y recordó lo aprendido en los tres años que estuvo con los cazadores, durante aquella lejana época. Las rocas apartadas, las plantas aplastadas y otras marcas casi invisibles, le señalaron la presencia de un grupo de trasgos: diez a lo mucho.
Los recuerdos triunfales de su adolescencia fueron opacados por otros recuerdos, más amargos, de su vida adulta.

Ya tenía cinco años de ser Chaman, su padre lo había nombrado pocos años antes de emprender la misma peregrinación que él hacía hoy. Pawe era ya un hombre, un cazador que antes de convertirse en uno de los más famosos dentro del clan, fue llamado por su padre para ser Chaman. Y como Chaman, tenía que proteger a su gente.
En el Año de la Sequía, que ocurre cada veinte, pasó por las montañas de su clan una horda de trasgos. Eran caricaturas de hombres, pequeños como niños, delgados y de largas narices, de ojos amarillos y dientes puntiagudos. Armados con espadas cortas y largas lanzas, perversos, retorcidos asaltantes y asesinos.

Llegaron ruidosamente, un centenar de ellos. Acamparon en las faldas de las colinas y enviaron a un mensajero a hablar con el Jefe del Clan. Querían toda el agua y la carne, todas las raíces y semillas almacenadas en las cuevas, o las tomaría por la fuerza. Por supuesto,  no se puede pactar con tales criaturas, así que ahí mismo el Jefe del Clan le cortó las orejas al enviados y lo devolvió con un ultimátum como respuesta.

Inmediatamente vieron subir aquella plaga verde marrón, sus chillidos llenaron los amplios espacios entre los cañones, sus insultos llegaron a oídos de mujeres y niños. Los cazadores eran guerreros también, y el chaman que cura la quemadura, también puede causarla.
El combate duró dos días, los hombres peleaban en gran desventaja numérica, pero lo hacían con toda su fuerza porque a sus espaldas, el Chaman Pawe había convocado las nubes que no traen agua, sino rayos, y extraía de ella los necesarios para fulminar a los trasgos.  Hacía aparecer bolas de fuego que bajaban la loma rodando y quemando a los invasores, enviaba aludes de rocas que los aplastaban en su acelerada carrera cuesta abajo, y cuando alguno de ellos lograba acercarse demasiado a las cuevas, él mismo lo despachaba con un certero golpe de su martillo de guerra.

Después, y durante un largo tiempo, no hubo invasores que se atrevieran a acercarse a menos de mil pasos de los territorios del clan.

Tras algunos años de paz, enfrentó al enemigo invisible. El búfalo y el cimarrón morían en el valle y la montaña, Pawe aconsejó a las familias que no consumieran la carne o vistieran las pieles de los animales, y aunque en un principio fue escuchado, pronto la mortandad fue tal que los cazadores no pudieron hallar un solo animal sano aun adentrándose en territorios de otros clanes. El hambre hizo que poco a poco empezara a recurrirse a los animales moribundos, Pawe insistió con rudeza en que se consumieran solo vegetales, pero la mayoría hallaba esa dieta insípida y poco nutritiva.

Pawe se detuvo. El sol estaba ya en su cenit, y no era aconsejable caminar bajo sus rayos a esa hora. Trepó sobre una peña y encontró un hueco suficientemente espacioso y fresco donde sentarse a esperar que declinara Aquel Que No Puede Ser Visto De Frente.

El Chaman volvió a sus recuerdos y sintió su corazón palpitar de forma lenta y forzada.
La enfermedad pasó de las bestias a los hombres, la fiebre no bajaba, y cuando la sangre empezaba a brotar por ojos, boca y nariz, ya no había nada por hacer. Niños pequeños y ancianos fueron las primera víctimas. Pawe se enfrascó en hallar una cura, algo que permitiera a su gente sobrevivir; pronto se perdería toda una generación y tampoco quedaría uno solo de los miembros del Consejo.
Finalmente, de la leche de las pocas hembras sobrevivientes en lo más recóndito de una montaña escarpada, encontró la cura.

Sin embargo, el invierno estaba en ciernes, los más débiles ya habían perecido y no quedaba una sola familia completa. Después de la epidemia, quedaba la igualmente difícil labor de reconstruir al clan. Se eligieron nuevos miembros del Consejo, los más jóvenes que se recordaran, Pawe mismo entre ellos. Llevaron a la gente a otro territorio, mas al norte, exponiéndose a un peligroso viaje a través de un cañón. Después de varias semanas de camino, alcanzaron otro grupo de cuevas donde pudieron hallar cobijo.
Fue un invierno largo y crudo, las presas eran escaseaban después de la enfermedad, el árido terreno y las nevadas dificultaron proveerse de hierbas, semillas y tubérculos, pero se las ingeniaron.

Cuando la Madre Tierra volvió a abrir los brazos y la primavera llegó, solo quedaba la tercera parte del Clan.
Sin embargo, no habían sido el único núcleo social de las montañas que había resentido la plaga, y pronto los cazadores hicieron contacto con otra tribu vecina. Ambas partes acordaron unirse por la sangre, y durante el otoño, ya se escuchaba en cada cueva el llanto de numerosos infantes, la mayoría de ellos traídos al mundo por el mismo Pawe debido a que el anciano Chamán de la otra tribu había muerto durante la epidemia. Así, dos tribus diezmadas se fundieron en una sola, dueña de la extensión de territorio mas grande que jamás se hubiera registrado en la historia oral o la escrita en las cuevas, y Pawe, con poco menos de 30 veranos, era el único Chamán.

El sol declinó en su diario viaje por el cielo, encaminándose al seño de la Madre Tierra, cuando Pawe decidió abandonar el hueco y continuar su viaje. Escaló para ver el terreno mejor, y después de un buen rato, alcanzó la cima.

En el horizonte, un volcán emitía fumarolas nebulosas, la cordillera se extendía invariablemente en tonalidades rojas, marrón y ocres, oscurecidas por la ceniza cerca de donde el volcán se elevaba. Ni un pájaro en el cielo, ni siquiera un buitre esperando a que el viejo Chaman se volviera carroña. Ni una sola cabra caminando el alguna saliente, buscando raíces.
Debía seguir caminando antes del anochecer. Tal vez en dirección al volcán, después de todo, se supone que un Fénix tiene cierta afinidad por el fuego.

El fuego... el espíritu caprichoso que lo mismo provee una comida que causa una quemadura. La naturaleza del universo encontraba un símil apropiado en la metáfora del fuego.

Con el crecimiento de su pueblo, las técnicas de cacería habían tenido que cambiar. A veces era necesario hacer una gran matanza, se buscaba la manada de búfalo mas grande y se le seguía por días, pero no como el coyote que espera el momento para raptar a un cordero, sino para arrinconar a los animales entre un espacio abierto y un precipicio. Ahí, se encendía el fuego como una cerca brillante, los animales huían en loca estampida para caer al vacío matándose. Pero aquella ocasión las cosas salieron mal, y el Jefe de Cazadores, aquel amigo de la infancia que había sobrevivido la enfermedad y el hambre, había perecido bajo las patas de los búfalos.
El fuego no era malo, tampoco los animales, ni el hambre de la gente. Las montañas, la Madre Tierra misma, tenían una identidad dual.
Solo el hombre tenía esa mágica capacidad de aprovechar o protegerse de las dos caras de esa identidad. Solo el hombre podía también negar alguno de los aspectos y quedarse con el que le fuera más conveniente.

Al ser el territorio de su Clan el más grande, los otros clanes supieron a quienes tenían que guardarles respeto. Pawe empezó a viajar allende las fronteras para conocer a sus vecinos, siempre recibido con honores por sus iguales, creyó vivir en el pináculo de la cordillera del mundo.
Sin embargo, otros hombres, ajenos a la vida de los Nómadas, de los clanes, de las montañas, también supieron que sus territorios eran vastos y ricos. Pero ellos no se acercaron con respeto o temor.

Los hombres del Este llegaron después de arrasar con un pequeño clan vecino. Portaban estandartes con símbolos desconocidos y simples, usaban armaduras de metal y vestían ropas blancas. Se establecieron al pie de una montaña donde el núcleo principal del clan estaba pasando ese verano. Pawe pensó que enviarían un heraldo a reclamar alimento, como antes lo hicieran los trasgos, pero no fue así.

Se trataba de un hombre obeso, Pawe había conocido pocos hombres gordos, y por un momento dudó si no sería una mujer grávida calva y con barba. El mensajero hablaba la lengua comercial de los Nómadas, aunque pobremente. Se presento ante el Chaman como un hombre religioso, que no quería otra cosa que lo mejor para los pueblos de las montañas.

Hablaba de un solo dios, el único con la llave para el Paraiso Celestial, y claro, era aquel hombre y los cientos de soldados que lo acompañaban, quienes obedecían a ese dios y guiados por él habían emprendido la misión de salvarlos.
Pawe, como gesto de buena voluntad, ofreció carne y pieles a los recién llegados, explicó que la gente de las montañas “entraba al Paraíso Celestial por otra puerta” y amablemente pidió al hombre que después de que su gente descansara, se retiraran. Antes de irse, el clérigo prometió que hablaría con su dios, para que nos abriera las puertas del cielo, y Pawe a su vez ofreció interceder ante los propios en el nombre de los recién llegados.

Un días después, no se presentó otro clérigo, sino un hombre alto y enfundado en una brillante armadura plateada. Tenía la piel muy blanca y los ojos azul cielo, la barba dorada como nunca antes había visto Pawe. Exigió que los cazadores entregaran las armas y aceptaran a un hombre que se hallaba lejos, sentado en su trono de oro, como Rey.
El Consejo se negó, y poco antes del anochecer, la guerra se desató como nunca antes se había desatado en las montañas.

Pawe pensó entonces que hay muchos dioses, hay tantos que ninguno puede sobreponerse a los demás. Para no arrasar al Universo discutiendo, crearon a los hombres, y cada uno escogió su tribu. Al enfrentarse estas, se matan entre sí.
Aquel día atacaron los hombres de los valles de más allá de la cordillera, una plaga blanca que creía en un solo dios, pero al igual que los otros, también quería que sus fieles mataran a cualquier tribu que adorase a un dios rival.

Solo la unión de todos los clanes de la región pudo definir esa guerra. Llamados mediante los valientes cruzamontañas, cazadores que atravesaron el campo de batalla, a veces en el lomo de bestias; acudieron a pelear los hombres, y aun muchas mujeres.
Pawe conoció a poderosos y sabios chamanes de otros territorios, algunos habían sido rivales desde hacía siglos, pero entonces hombro con hombro invocaron al fuego, al rayo, a la Tierra, incluso al volcán, a las bestias indomables y al terremoto, para acabar con aquellos hombres fanatizados que de pronto parecían recuperarse de sus heridas más rápido de lo normal, y otras ni siquiera ser afectados por los ataques.
Sin embargo, gracias a la rapidez de la defensa y el coraje de los guerreros, poco a poco la férrea resistencia de los invasores quedó doblegada, y solo se le permitió a uno de ellos regresar para relatar su historia a su Rey, y desalentar nuevas incursiones.

Anochecía ese primer día de jornada, Pawe se encontró cerca del volcán, sintió el aire sulfuroso que bajaba desde la cima y sus pulmones una vez más se quejaron.
El Chaman dio un largo trago de agua y volvió a colgar el cuero en su cinturón. Repentinamente se sintió mareado. Debía buscar un lugar donde dormir.

Esa noche, se dio cuenta que era la primera vez que dormía alejado de su tribu, sin esperanza de regresar, y se llenó tanto de tristeza, que le brotó por los ojos en forma de dos silenciosos diamantes de agua salada.

No hubo visiones reveladoras acerca del destino de su padre o de los demás Chamanes que emprenden la Peregrinación de la Pluma Ardiente. Tampoco hubo recuerdos vívidos y emotivos como los de su primera jornada. Al despertar, solo hubo sosiego y su cuerpo se sintió descansado.

Así Pawe continuó su marcha durante dos días más, siempre con un ojo atento al volcán, esperando escuchar entre los bramidos del cráter, el chillido que según la tradición emite el Fénix al volar.
Recordó bromas hechas en su infancia a otros amiguitos, a su propio padre, y como este le había dejado las nalgas rojas y los ojos anegados de lágrimas después de haber echado a perder días de trabajo en un encantamiento. Recordó los tiernos labios de una muchacha de catorce años enamorada de un bravo cazador, y también las caricias expertas de una mujer ya adulta.

Dedicó un par de días a recordar a su amada esposa, una joven guerrera herida durante aquella batalla con los hombres del Este. Venía de otro Clan, y tras la batalla, había formado parte de los intercambios entre familias que renovaban los lazos de los pobladores de las montañas, escogiéndola Pawe como esposa... ¿o había sido ella quien lo había escogido a él?, no importaba ahora. Desafortunadamente, habían sido la única pareja incapaz de engendrar hijos, pero como ella solía decir: “Ahora todos los niños de tu clan son hijos míos, y mis niños son hijos tuyos”.
“Flor de Arena” significaba su nombre en su lengua natal, pero como él nunca había podido pronunciarlo bien, se había acostumbrado a llamarla por ese equivalente. Con los años su Flor le había ayudado a cuidar enfermos y traer más bebés al mundo, a desterrar espíritus venidos de los pantanos del Sur y  a cazar el sustento.
Pero toda flor se marchita, y eventualmente, tres años antes de este día, su esposa se había ido con el alba.
Así continuó Pawe su marcha por aquellas tierras inaccesibles, durante tres días más, adentrándose lentamente hacia lo que seguramente sería su tumba. Estaba cansado en realidad, de no haber existido el rito, el mismo mucho antes de la senectud hubiera abandonado su oficio e incluso a la tribu. Su brazo estaba cansado desde que se cumpliera un año de la muerte de Flor de Arena, sus ojos eran ya incapaces de ver a la luz de una sola vela en la noche, y además ya se le había revelado quién sería su sucesor.

Sin embargo, para Pawe la muerte se resistía a hacerse presente, a pesar de caminar largos trechos sin descanso y beber poco agua.

Fue al octavo día, cuando las fumarolas del volcán se habían fundido con las nubes de tormenta que se apresuraban hacia el desierto, que Pawe se detuvo delante de un desfiladero sin creer lo que veía.
Una figura humana caminaba bajo el semi-escondido sol del atardecer, encorvada. Pawe dudó si se trataría del espíritu errante de algún Chaman, o si era una alucinación. Al cabo de algún tiempo, la figura apareció nítida a algunos metros frente a él, del otro lado del desfiladero.

Apoyado en su báculo, vestido con aquellas inapropiadas ropas de color azul, el hombre era joven, de no más de treinta. Miró al Chaman con ojos hundidos, y de su boca seca emergió una palabra incomprensible.

Pawe supo que era un extranjero.
Podría ser un explorador, un espía de avanzada o un mensajero de algún ejército invasor.

No. Su ropa  se veía deshilachada, su rostro agotado por el sol y su cuerpo consumido por una larga joranda. Un náufrago tal vez. Volvió a gritar esa palabra desconocida, un saludo o una amenaza, y señaló a Pawe sin cambiar su semblante.

Aguijoneado por el temor, Pawe decidió hacer una advertencia al recién llegado. Se plantó en sus pies y movió el báculo, invocando los poderes ocultos del rubí. De alguna manera, el extranjero hizo un pase con las manos, y nada surgió del báculo de Pawe.
Una vez más, el Chamán hizo movimientos, seguro de no haberse equivocado antes, apuntó al hombre y este repitió la misma secuencia de pases. En vez de surgir un rayo del báculo, solo surgió una maldición de la boca de Pawe.

Pawe giró sobre su propio eje, plantó el báculo en la roca e invocó un rayo de las nubes. De nuevo vio los movimientos en las manos del extranjero, idénticos, y por tercera vez, nada sucedió. Frustrado,  Pawe  clamó al cielo por una lluvia de rocas para aquel impertinente mago vestido de azul, que una vez más, solo que ahora visiblemente agotado, movió los dedos de igual forma (un poco mas despacio) y  nada ocurrió.

Lleno de ira por aquella extraña manera de enfrentarlo, Pawe tomó una piedra del suelo y la arrojó a su contrincante, quien torpemente la esquivó, evitando un golpe en su cabeza, mas no así en su hombro, lo cual le arrancó una queja. Pawe rió fuertemente, humillando al joven hechicero. Esta vez, hubo una respuesta diferente, y exactamente por encima de la cabeza del joven, que fruncía el ceño demostrando su enojo y dolor, una especie de bruma o neblina empezó a formarse. Pawe sujetó su báculo y espero un instante.

De la bruma surgió rauda primero una cabeza cuadrada y azulosa, después un cuerpo escamoso, largo y alado. Nunca había visto algo así, podría haber sido alguna clase de Dragón, pero era mas pequeño, además el hecho de que sus alas y brazos estuvieran fusionados, le confirmó que se trataba de un draco.

El monstruo dio un giro en el aire, Pawe se afianzó a su báculo y esperó la embestida, no sin perder de vista, aunque fuera por el rabillo del ojo, a quien había invocado a la criatura.

El Draco se lanzó hacia Pawe con las garras abiertas hacia él, listo para atraparlo y posteriormente echárselo a la boca, el Chaman empezó a agitar los dedos y recitar un conjuro... estaba listo para morir si esta era su hora, pero lo haría como había vivido: peleando sin asomo de cansancio o piedad.

El reptil volador emitió un sonoro rugido.

De pronto, el cielo oscurecido por las nubes negras se iluminó como por un relámpago rojo. La cortina de nubes se rasgó con violencia, en picada descendió una enorme ave cuyas plumas se agitaban en llamaradas naranjas y oro. Los ojos de Pawe se abrieron desmesuradamente al ver aquella criatura que se precipitaba violentamente contra el draco, al cual casi podía percibirle el aliento.

El Fénix apareció probablemente atraído por el rugido del draco. El ave clavó sus afiladas garras en los cuartos traseros del reptil que chilló de dolor y perdió el control, cayendo por el desfiladero que separaba a ambos magos, llevando tras de sí el cuerpo brillante del ave.

Estaba allí, delante de Pawe, cayendo majestuosamente encima de su presa, que ahora le parecía un desdichado ser arrancado mágicamente de su hábitat en alguna isla remota, solo para hallar la muerte en el árido desierto que rodeaba la cordillera.
En cambio el pájaro de fuego era majestuoso, amo indiscutible de aquel paraje, volando delante de la tormenta eléctrica, remontándose mas alto que el pico mas elevado.
Frente a Pawe, la cola del Fénix era lo último que se veía de los dos seres gigantescos que continuaban cayendo al precipicio: las plumas doradas y rojas brillaban con una cálida luz propia, ahí, apenas a unos metros de donde el Chaman Pawe estaba parado.

Ya no importaba el extranjero, tal vez había aprovechado la confusión para huir.

Pawe dio un grito de guerra tan salvaje como el proferido ante aquella primera pieza de cacería, tan intenso como el que escucharan los trasgos ladrones, tan triunfal como cuando nació el primer niño después de la plaga, tan poderoso como el que había hecho temblar a los invasores del Este.

Con su báculo en mano, sin dejar de gritar con toda su alma de Nómada, dio un salto al vacío, precipitándose con la mano extendida en pos de aquel radiante plumaje ardiente, que parecían ser otro sol, otro que ahora lo guiaba como el primero lo había guiado durante toda su vida.