EL VERDADERO ESPIRITU DEL HOMBRE

Descendió hacia el valle, el sol estaba alcanzando su cenit y el sofocante calor del mediodía entraba a su cuerpo en cada bocanada de aire denso y húmedo que respiraba.
Se detuvo por un instante y miró las monstruosas enredaderas, donde se escondían miles de aves e insectos que llenaban de ruido la selva, y pensó si detrás de ellas estarían las ruinas de algún antiguo rascacielos, una central termoeléctrica o solamente un peñón más de los muchos que se levantaban en el horizonte.

Poco recordaba él de ese mundo que había sucumbido no solo a la guerra, sino a las pandemias incontrolables y al caos social, sin embargo, cuando los espectros de aquellos millones de muertos parecían llenarlo de temor, aferraba los tirantes de la mochila que cargaba a su espalda y sentía un renovado coraje: él cargaba la semilla del resurgimiento de la humanidad ahí.

Millones de años antes, cuando el primer primate se levantó en las llanuras de Africa e inició el recorrido hacia la humanidad, no contaba mas que con su desarrollado cerebro, pero eso bastó para que aprendiera a vivir en clanes, a dominar el fuego, lo cual lo separó de los animales. Después, utilizó palos y ramitas, mas tarde piedras. Apenas hacía unos miles de años, desarrolló la escritura, construyó ciudades, creó imperios en diferentes rincones del mundo, algunos de ellos habían nacido y muerto sin saber jamás nada de los otros. Después se encontraron, pelearon, hicieron la paz, finalmente comerciaron... no, finalmente se destruyeron entre sí, hasta el último rincón habitado.

Pero ese no sería el final de su raza. Aun no, no de esa manera. En su mochila llevaba muchos libros y cuadernos que recogían las nociones básicas de domesticación de animales. Es cierto que todos los perros, vacas, ovejas o cerdos estaban ya extintos, y que nuevos mutantes poblaban la tierra, animales extraños y cancerosos que escapaban apenas él se acercaba a su territorio... pero si antes se había domesticado a vicuñas y elefantes, debía ahora existir la forma de domar aquellas nuevas bestias.
Llevaba también los fundamentos de la agricultura, aunque al igual que con la fauna, la flora había cambiado drásticamente en cuestión de décadas, para adaptarse al nuevo medio. Sabía como cultivar maiz, pero aquellos enormes y fibrosos tallos ocres de lo que antes fueran sembradíos, solo daban mazorcas pequeñas y blancas, aparentemente en relación simbiótica con el hongo causante del ergotismo, lo que imposibilitaba su consumo. El trigo y la cebada, al igual que las papas y el arroz, habían desaparecido.

Pero si había animales que pacieran, entonces habría esperanza para un depredador omnívoro como el ser humano, eso lo mantenía firme en su propósito: En algún lugar, lejos de los antiguos centros urbanos, debía haber personas agrupadas en clanes, como al principio, personas que se alumbraran en las noches oscuras, bajo la luna fragmentada, alrededor de una fogata, junto a sus casas rudimentarias... el espíritu humano debía seguir vivo, esperando las voces de los antiguos para renacer pronto a su gloria.

El portaba esas voces: en sus libros y cuadernos llevaba el conocimiento más esencial de los grandes pensadores griegos, de los filósofos chinos y los poetas indígenas, él cargaba con el invaluable poder no solo de leer y escribir en ese idioma, sino además de la aritmética, y de la ingeniería mas básica para poder levantar viviendas resistentes al impredecible y violento clima de ese nuevo mundo... ingeniería que algún día le devolvería a la humanidad no solo la capacidad de construir pirámides y ciudades, sino también de volar.

Había caminado por meses, desde que abandonó a su familia nómada, buscando otro grupo humano al cual pudiera enseñarle aquel tesoro de conocimientos, la clave para levantar nuevas naciones en ese mundo salvaje, nacido de la devastadora guerra, uno donde la naturaleza se había levantado aun más rápido que antes, para reclamar el mundo que lentamente los humanos habían conquistado.

Llegó al fondo del valle, caminó bajo los helechos gigantes, aplastando los hongos verdosos que de inmediato liberaban sus esporas. Moscas sin alas reptaron alejándose de los rudimentarios zapatos del hombre, que se hundían en el humus y hojarasca pútrida que alfombraban el suelo. El hedor de la madera descompuesta lo sofocó. No sabía si aquellos hongos o aquel aire estaba libre de veneno, por lo que se puso un pañuelo en la boca y continuó su marcha.

Trepó por encima de las enredaderas gigantes y por un instante se detuvo a ubicarse. Estaba a la mitad del valle, bajo la sombra de palmeras retorcidas y árboles llenos de flores con espinas. Calculó que a ese paso podría llegar a las montañas en dos días más. Desde esa posición, vio en un peñón a una especie de borrego cimarrón hidrocefálico, con los ojos cubiertos de una sustancia negra que podría ser un moho. El animal olfateó el aire y después empezó a descender apresuradamente. Tal vez algo en su memoria genética le había recordado que no es bueno estar cerca del animal humano.

El sol empezó a caer.

Cansado y hambriento, el hombre fatigado empezó a preocuparse: ¿Encontraría en aquella selva húmeda suficiente madera seca para hacer una fogata?, ¿Cuánto tiempo le tomaría esta vez encender el fuego?. No sabía nada de las criaturas de ese lugar, no era seguro entonces dormir a raz del suelo. Apretó el paso.

Hubo un crujido de ramas, insectos multicolores y pájaros de largas colas escamosas huyeron del lugar por el que pasó el hombre. Se detuvo y volteó asustado.
Desde su llegada al valle, le había parecido que otros pasos, de algo que no caminaba a cuatro patas, hacían eco en los suyos, pero acostumbrado a la paranoia e ilusiones de su mente, los había ignorado. Ahora sabía que no había sido imaginación.
Dio media vuelta.
Delante de él estaba otro hombre.

Desnudo, cubierto de barro, herido en manos y piernas, con el cabello y la barba enmarañados. Lo miraba con ojos amarillentos, respirando con dificultad. La primera reacción del viajero fue de emoción: ¡otro ser humano después de semanas!. El hombre del valle resopló, queriendo sacar de su garganta algo que pareciera una palabra.

---- Hambre... tengo hambre. ----Dijo como si su lengua hubiera despertado de un coma.---- Perdóname... tengo que matarte...

Las palabras resonaron en sus oídos, llegaron a su cerebro y como percutores dispararon una sensación de asco y horror. Ese ser, que le hablaba, era el reflejo del estado actual de la humanidad: el de una bestia más.

Pero él podía cambiarlo. Sabía como.

---- ¡Espera!, hace apenas unas horas vi allá atrás un animal grande que podemos matar. Podemos cazarlo, yo también tengo mucha hambre, ¡trabajemos juntos y los dos ganaremos comida para varios días!. Podemos hacer lanzas con las ramas, atacarlo desde la distancia...

El salvaje bufó enfadado.---- ¡Estoy enfermo y tengo mucha hambre!, no puedo seguir el rastro de un animal por varios días y después enfrentarlo. Mi hambre no espera más, necesito comer para tener fuerza, y el animal más cercano aquí eres tú...

Dijo esto de forma atropellada y cargó contra el hombre y su mochila. Apenas podía defenderse con el peso en su espalda, volteado como tortuga boca arriba. La urgente necesidad de sobrevivir de su congénere lo sobrepasó. Antes de hallar una piedra suficientemente grande para usarla como arma, sintió como los dedos crispados y los dientes se enterraban en su cuello. Llena de horror y nutrientes, su carne empezó a ser desgarrada y tragada mientras, desangrándose, su cerebro empezó a desconectarse... con él moría entonces el espíritu de la humanidad, con los restos de su cadáver se pudrirían los preciosos libros, las palabras milenarias que encerraban la esencia del ser humano se convertirían en parte del humus blando y pegajoso que cobijaba a las moscas y los hongos...

Aunque seguido de este pensamiento, surgió uno último, antes de que perdiera el conocimiento y la vida... ¿no sería en realidad, que aquel caníbal que buscaba su sobrevivencia ante todo, por encima de hacer herramientas o formar clanes o construir monumentos, era en realidad la mas pura esencia de su especie?.

La selva respondió con un feroz y súbito silencio.